2- TEMA. Descargar
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Como, según lo dicho, el alma de cada uno, al igual que la ciudad, se divide en tres partes, nuestra demostración, a mi entender, recibe una
segunda prueba.
- Tú dirás.
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Veamos: al ser tres esas partes, serán tres igualmente los placeres que
se corresponden con ellas. Del mismo modo los deseos y los cargos.
- ¿Cómo dices? -preguntó.
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Hay una parte, decíamos, con la que el hombre conoce; otra, con la que
se encoleriza, y una tercera a la que, por su variedad, no fue posible
encontrar un nombre adecuado; esta última, en atención a lo más
importante y a lo más fuerte que había en ella, la denominamos la parte
concupiscible. Este nombre respondía a la violencia de sus deseos, tanto
al entregarse a la comida y a la bebida como a los placeres eróticos y a
todos los demás que de estos se siguen; y la considerábamos amante de
las riquezas, por satisfacerse con ella esos deseos, de manera más
especial.
- Esa es la denominación razonable -dijo.
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Si añadiésemos, además, que el placer más afín de esta facultad es la
ganancia, ¿no apoyaríamos nuestra idea en un principio fundamental hasta
el punto de aclarar para nosotros la referencia a esa parte del alma?.
¿No crees que la llamaríamos con razón ansiosa de riquezas y ganancias?.
- Sí, eso creo -dijo.
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Bien. Hablemos de la parte irascible; ¿no decimos que arrastra siempre y
enteramente a la dominación, a la victoria y al deseo de gloria?.
- ¿Convendría, pues, que la llamásemos amiga de disputas y honores?.
- Sería lo mejor.
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En cuanto a la parte que conoce, resulta claro para todos que tiende
siempre y por completo a conocer la verdad, dondequiera que se
encuentre, y que nada le importa menos que las riquezas o la reputación.
- Así es.
- A esta habrá que llamarla con toda justicia amante de la ciencia y del saber.
- ¿Cómo no?.
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¿Y no es verdad también -pregunté- que unas veces manda en el alma de
los hombres esa parte ya dicha, otras alguna de las dos restantes, según
convenga?.
- En efecto - dijo.
- De ahí que para nosotros los caracteres principales de hombres sean tres: el filosófico, el ambicioso y el avaro.
- No cabe duda.
Platón, República, 580, e

